COATZACOALCOS, Ver.—
En el mapa delictivo del sur de Veracruz, el mito de la violencia masculina suele opacar una realidad que los investigadores conocen en silencio desde hace al menos dos años: la existencia de una mujer cuya firma es el plomo certero y el escape en dos ruedas. La ejecución de Guillermo Pamuce Yep, el “Chino”, exregidor de Jáltipan y actual coordinador regional del partido PAZ en la zona sur, puso a esta figura desconocida pero mortífera de nuevo bajo los reflectores de la justicia.

No hubo titubeos ni un solo paso en falso. Los videos de seguridad que hoy analizan las autoridades muestran a una ejecutora con mediano adiestramiento en el manejo de armas cortas, desplazándose sobre una motocicleta con la frialdad de quien ha hecho del homicidio un oficio recurrente. Su sombra ya ha sido detectada previamente en otros episodios sangrientos de Coatzacoalcos, donde presuntamente actúa como el brazo ejecutor de un grupo delictivo enfocado en exterminar rivales, cobrar piso y, sobre todo, blindar el monopolio del narcomenudeo local.
Entre la grilla política y las sombras del narcomenudeo
Lo que en las primeras horas trascendió en corrillos periodísticos como un «dramático crimen pasional» o un estruendoso ajuste de cuentas de corte político, ha terminado por desnudarse como una ejecución quirúrgica, fría y trazada desde el mapa del narcomenudeo local. Pese a las especulaciones de pasillo, la escena del crimen derrumbó cualquier teoría pasional improvisada: la mujer no era una acompañante despechada, sino una gatillera que fue a cumplir una misión limpia y letal.
Sin embargo, las líneas de investigación no ignoran el ropaje público de la víctima. Como operador regional de PAZ —partido de reciente creación impulsado por el exdiputado Gonzalo Guízar Valladares—, el “Chino” Yep tejía relaciones en el ajedrez político del sur. La brutalidad con la que actuó la sicaria apunta a una convergencia de intereses donde la política territorial, las redes sociales de poder y el control del mercado ilícito terminan entrelazándose.
El refugio en Veleros y el altar de la «Flaca»
Alrededor de las 23:00 horas del miércoles, elementos de la Fiscalía General del Estado y fuerzas de seguridad irrumpieron con una orden de cateo en la residencia del fraccionamiento Veleros donde Yep se había instalado recientemente tras un proceso de separación sentimental.
Dentro, la escena desveló el trasfondo de una doble vida. El hallazgo no se limitó a la logística del microtráfico, sino a un santuario dedicado a la Santa Muerte. Entre las distintas figuras de la deidad destacaban la estatua negra para la protección, la dorada para la abundancia, la roja del amor y la blanca del equilibrio espiritual: un escenario místico ante el cual el ataque de la sicaria pareció adquirir el tinte de una siniestra ofrenda.


Debajo de los altares y los objetos personales, los peritos aseguraron la evidencia operativa del negocio y un notable arsenal:
Parque vehicular y munición: Dos cajas de cartuchos útiles calibre 9mm, una caja calibre .22, dos cajas calibre .380, una caja calibre 5.56x45mm, así como 20 cartuchos calibre 7.62 y 39 cartuchos calibre 2.23 (de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas).
Identificación oficial: Pasaporte a nombre de Guillermo Pamuce Yep, integrado a la carpeta de investigación.
Sustancias y adulterantes: Un tabique de polvo blanco con características de cocaína emplayado, dos sobres de inositol (empleado para cortar la droga), 19 bolsas tipo ziploc con dosis de cocaína y una báscula gramera digital.
Logística de empaque: Múltiples bolsas plásticas vacías tipo ziploc y un sobre amarillo con la leyenda “New Veracruz”.
Equipo táctico y de contrainteligencia: Cargadores desabastecidos, fundas pistoleras camuflajeadas, un silenciador para arma de fuego, un inhibidor de señal, candados de mano y una mariconera negra.

Las sombras del «chapulineo»
El inventario del cateo dejó al descubierto etiquetas con la simbología que el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) utiliza para empaquetar la mercancía en la región. Sin embargo, las dosis individuales halladas en las bolsas ziploc listas para la venta carecían del sello o marca distintiva del grupo criminal.
Para los investigadores, ese detalle es clave. La hipótesis principal apunta a que el «Chino» Yep se desempeñaba como un proveedor o dealer exclusivo para el «jet set» del sur del estado, operando en las filas del «chapulineo»: vendiendo producto por cuenta propia o mezclando proveedores sin rendir tributo ni lealtad a los jefes de plaza.
En la estructura del crimen organizado no hay afrenta mayor que el robo de clientes potenciales ni desacato que se pague con mayor rapidez. Por ello, el envío de la gatillera más efectiva del grupo no fue solo un ajuste de cuentas, sino un mensaje grabado con plomo donde el perfil político de la víctima no sirvió de blindaje. Mientras las carpetas de investigación avanzan, la sombra de la mujer de la motocicleta sigue siendo la pista más sólida para destrabar la trama de sangre que sacude a Coatzacoalcos.
Con información de Ignacio Carvajal






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